A los ochenta años de Rogelio Martínez Furé

Por Miguel Barnet

Foto: Juvenal Balán

Tomado de www.granma.cu

Me parece mentira que aquel joven espigado, de estirpe matancera y tez aceitunada hasta la quinta esencia de la mulatez, acabe de cumplir este agosto ya 80 años. El Seminario de Etnología y Folclore del año 60 lo atrajo como un imán. Su solicitud contenía, lo recuerdo bien, un expediente muy nutrido, que entre otras cosas, reseñaba una novela sobre Haití que acababa de escribir y nunca publicó. Había matriculado Derecho en la Universidad de La Habana pero abandonó los estudios jurídicos para dedicarse por entero a la investigación folclórica y a la selección de lo mejor de la poesía africana.
De aquel seminario fue él de los pocos que permaneció sin vacilación a pesar de las estadísticas y las áridas asignaturas de bibliotecología y economía política. En todo sobresalió, pero fueron las noches de juergas bohemias y los estudios sobre los cabildos y las ceremonias funerarias de la Regla de Ocha a lo que más tiempo dedicó, dedicamos mejor, en esos años de formación académica.
Tanto Argeliers León como el resto de los muy talentosos profesores que tuvimos, lo señalaron como el más dotado. Yo siempre admiré su devoción por los valores permanentes de la cultura popular cubana porque su visión no era localista sino universal y proteica como la del maestro que ambos veneramos: Don Fernando Ortiz.
Me incitó a escribir los primeros orikis de la poesía cubana contemporánea. Visitamos innumerables sitios del país donde resonaban los tambores batá evocando a la variedad de culturas yorubas y congas que habían arribado en los barcos negreros a las costas cubanas.
Conocimos a íconos como Pepa Echubí, a Trinidad Torregrosa, a Emilio O'Farril, a Jesús Pérez, a Nieves Fresneda, a Lázaro Ros y a muchas otras grandes figuras que luego formaron parte del Conjunto Folclórico Nacional.
Él fue, sin lugar a dudas, uno de sus principales animadores y con Marta Blanco y el mexicano Rodolfo Reyes fundó el ya veterano Conjunto Folclórico. Yo estuve siempre a su lado en los primeros ensayos que tuvieron lugar en El Patio de la Plaza de la Catedral. Han pasado más de 50 años y aunque cada uno alumbró su camino con luz propia hemos sido fieles a una política cultural inclusiva y democrática, sin discriminación alguna de los ricos elementos heredados de la península ibérica y de la inmensa tradición africana.
Rogelio ha sido consecuente con el pensamiento de Don Fernando, de Argeliers León, de José Luciano Franco, de Lydia Cabrera y de tantos estudiosos que ahondaron, como dijera Alfonso Reyes, en el pozo de lo cubano.
Su obra es un modelo de investigación etnológica porque lleva la impronta del saber y de la visión poética del mundo.
Entre sus libros más destacados figuran Poesía anónima africana (1968), Mambisa palenque (1977), Diálogos imaginarios (1979), Diwan africano (1988, 1996), y Briznas de la memoria (2004) y ha sido distinguido con el Premio Nacional de Investigación Cultural (2001), el Premio Nacional de Danza (2002), el Premio Internacional Fernando Ortiz (2004), y el Premio Nacional de Literatura (2015).
No ha sido solo un investigador de gabinete o de archivo, ha entrado en la fronda de lo que Ortiz llamó el ajiaco y lo ha hecho consciente de que su contribución a las ciencias sociales es un llamado de los ancestros.
Hoy con sus 80 años mantiene aún aquella pureza del hombre que no acuna resentimientos ni prejuicios hacia nada y hacia nadie. Ahí está, seguro de que ha hecho una contribución fundamental a la cultura cubana y al mundo.
Aunque no nos veamos a diario porque cada uno, linterna en ristre, tomó su propio camino, seguimos dialogando en silencio en pos de una unidad que tanto necesitamos hoy los buenos cubanos. Si en tus primeros 80 años has hecho tanto me imagino qué quedará para tus próximos 80. Recibe el abrazo de oso de un colega que siempre se ha honrado con tu amistad. ¡Felicidades Abure!

 

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